domingo, 16 de noviembre de 2025

Shrugging: Private Function

 A propósito de la gira que ofrecieron en España, hace un mes escribí una reseña sobre el último disco de los mamarrachos de Private Function y no la había dejado en el blog. 

Se puede leer pinchandoAQUÍ



lunes, 3 de noviembre de 2025

Poema

 Tu estás en mim como eu estive no berço

com a árvore sob a sua crosta

como o navio no fundo do mar


Poem

You are in me as I was in a crib 

as the tree is within the bark

as the ship is at bottom of the sea


Poema 

Tú estás en mí como yo estuve en una cuna

como el árbol bajo su corteza

como el barco en el fondo del mar


Mário Cesariny

Traducción al inglés: Alexis Levitin y Richard Zenith



lunes, 21 de julio de 2025

Escrito del 11 de febrero de 2025

El instante entre la toma de la decisión y su ejecución. Los minutos en los que sabes cómo actuarás irrevocablemente pero, a la espera de ese momento, tu imaginación se proyecta en la(s) otra(s) opcion(es) verosímiles, las construyes nítidamente y proyectas tu otro yo en una escena onírica imposible. En el instante entre la toma y la ejecución de la decisión, te has puesto a escribir sentada sobre el escritorio con los pies descalzos a pesar de que el suelo de mármol está frío. Paras, te asomas a la ventana. Hay niños gritando en la calle que te ponen nerviosa y corres la cortina aunque pierdes una luz necesaria. En esa espera a que llegue la ejecución de tu decisión, vives en dos futuros aún igual de posibles que de irreales que no se rozan, pero se nutren recíprocamente. Te levantas a hacerte un té caliente porque es invierno y hace frío. Y piensas en que si pudieras prolongar la espera, podrías siempre tener la opción de no arrancar un futuro para sembrar el otro. Sientes que desde que naciste la vida se va estrechando, que el presente es demasiado estrecho, que el tiempo te ahoga y no puedes escribir todo lo que la mente silba al unísono, se escapan los futuros mientras tú esperas ejecutar tu decisión. Y mientras escribes esto, no estás escribiendo otras cosas que has decidido no pronunciar en voz alta como, por ejemplo, por qué aquel chico te miraba desde el otro lado del cristal de la pastelería con los ojos de sal, profundos, como vidrios rotos, si él habría reconocido tu soledad porque él también se siente solo; o la desnudez de los naranjos escamochados que se llenarán de azahar en pocos meses haciéndote llorar a ti también. Y en todo ese tiempo tan estrecho de presente han nacido y muerto demasiadas personas en el mundo como para que ni siquiera puedas tomar conciencia de tu decisión. En todo este tiempo tan angosto, mientras tú escribías estas líneas, mientras pensabas y no pensabas en otras cosas sobre las que decidiste no escribir como por qué ser alta es ser excesiva o por qué detestas a Rupi Kaurr, sueltas el bolígrafo como gesto de rendición y te levantas. Coges el teléfono agotando el presente y aproximándote a ese futuro que te pertenece solamente a ti. Marcas el número de teléfono con convicción, una voz desde el otro lado descuelga tímidamente. "¿Si?". "Hola, Carlos. Lo he estado pensando. He decidido que no quiero tenerlo."

 Quisiera escribir 

para que la palabra sobreviviese.

para trascender mi cuerpo, que no puede decirse. 

Cuánto ocupa toda palabra que alguna vez escribí. Esculpiría sobre mis piernas cada una de sus letras. Quedaría un lunar para un poema más. Sumar palabra, restar pensamiento. Mirar el cielo como si perteneciéramos a algún meteoro remoto que aún brilla. Y llamar casa a algún astro extinto. Y decir tu nombre como la palabra que faltaba en mi cuerpo.

Quisiera que la palabra que escribo durara la eternidad de lo que no puede pronunciarse

Y que su espacio se dilatara, más allá de nuestros abrazos de árboles ya crecidos, 

lanzarla al universo que no conoceré, que la recogieras, en otro tiempo, en otro lugar, distante, distinto

 que, a pesar de todo, la palabra sobreviviese. Y que al escucharla, tú la reconocieras. 

domingo, 20 de julio de 2025

Solo

 

La música que con la te encuentras inesperadamente  un imprevisto que se filtra en tu vida. Un sonido a veces olvidado pero necesario para recordarte. Escuché este tema de André Geraissati el año pasado de casualidad en la radio, mientras volvía a casa del trabajo. El disco al completo, Solo, me parece maravilloso. Lo he recuperado esta noche en la que, como es costumbre, me cuesta dormir.

jueves, 17 de julio de 2025

No asumir. Rechazar.

Destruir a las madres.

¿No pensaron ni un momento 

en todos sus hijos creciendo

bajo el azul apocalíptico 

 de un cielo sin luna?

¿Su legado, un suspiro,

y nuestra herencia, la carga?

El pan mojado desmenuzándose en sus bocas

como la rodilla herida hundiéndose

en el barro.

Esa sangre como descendencia.

¿No les escuece el desgarro del sacrificio 

arrojar luz en un mundo oscuro,

convertir nuestros cuerpos

en las grietas ciegas de una tierra que esclaviza?

¿Cómo crear sin imponer vida? 

¿Cómo vivir en libertad si nadie escoge nacer?

La elección de no engendrar, entonces,

devuelve albeldrío y resistencia a mi cuerpo.

Y a ti, que te quise

y te quiero sin existir,

te hace un poco más libre

desconocer

el espacio de pensamiento,

el peso en el vacío 

que en mi existencia

ocupas.


viernes, 11 de abril de 2025

Bueno para nada

Comparto a continuación un texto escrito por Mark Fisher sobre la depresión que me hizo tomar conciencia de mi propia visión sobre la enfermedad. Con todo lo que significa para mí el pensamiento de Mark Fisher, creo que con este texto se adelantó a poner sobre la mesa cuestiones de salud mental que actualmente (y por fortuna) se están debatiendo. Espero que leerlo arrope y acompañe a quien lo lea tanto como lo hace en mi caso.  

 

BUENO PARA NADA 

 

He sufrido intermitentemente de depresión desde que era un adolescente. Algunos de estos episodios fueron sumamente agotadores y resultaron en autolesiones, períodos de abstinencia (en los que podía pasar meses en mi propia habitación, solo aventurándome a salir para cobrar el seguro de desempleo o comprar las mínimas cantidades de comida que consumía) y estancias en clínicas psiquiátricas. No diría que estoy recuperado de esa condición, pero me complace decir que la frecuencia y la severidad de los episodios depresivos han disminuido enormemente en los últimos años. En parte, como consecuencia de algunos cambios en mi situación personal, pero también porque he llegado a tener un entendimiento diferente de mi depresión y de sus causas. Comparto mis propias experiencias de aflicción mental no porque crea que haya algo especial o único en ellas, sino para apoyar la afrmación de que muchas formas de depresión son mejor entendidas –y mejor combatidas– a través de marcos que son impersonales y políticos más que individuales y “psicológicos”. Escribir sobre la propia depresión es difícil. La depresión está en parte constituida por una desdeñosa voz “interior” que te acusa de autoindulgencia –no estás deprimido, solamente te estás lamentando de ti mismo, debes tranquilizarte–; y esa voz tiende a despertarse cuando se hace pública la condición. Por supuesto, no se trata para nada de una voz “interior”: es la expresión internalizada de fuerzas sociales reales, algunas de las cuales tienen un interés particular en negar cualquier conexión entre depresión y política. Mi depresión siempre estuvo atada a la convicción de que yo era literalmente un bueno para nada. Pasé la mayor parte de mi vida, hasta los treinta años, creyendo que nunca iba a trabajar. A los veinte, anduve a la deriva entre los estudios de posgrado, los períodos de desempleo y los trabajos temporales. En cada uno de esos roles, sentí la misma falta de pertenencia: como universitario, porque era un diletante que en cierto modo había falsifcado su camino, no un académico con todas las letras; como desempleado, porque realmente no estaba desempleado como aquellos que honestamente buscaban trabajo; como empleado temporal, porque sentía que me desempeñaba incompetentemente y, en cualquier caso, porque tampoco pertenecía realmente a esas ofcinas o fábricas, no porque fuera “demasiado bueno” para ellas, sino –al contrario– porque era sobreeducado e inservible, y ocupaba el puesto de alguien que lo necesitaba y lo merecía más que yo. Incluso cuando estaba en las clínicas psiquiátricas, sentía que realmente no estaba deprimido: solamente estaba simulando la condición para evitar trabajar o, en la infernalmente paradójica lógica de la depresión, la simulaba para ocultar el hecho de que era incapaz de trabajar y de que no había ningún lugar para mí en la sociedad. Cuando eventualmente obtuve un trabajo como profesor en una institución terciaria, estuve eufórico por un tiempo; pero por su misma naturaleza, esa euforia mostraba que no me había sacado de encima los sentimientos de futilidad que pronto conducirían a nuevos períodos de depresión. Carecía de la calma confianza de quien ha nacido para ocupar un rol. En un nivel no demasiado profundo, evidentemente todavía no creía ser el tipo de persona que pudiera tener un trabajo como profesor. ¿Pero de dónde provino esa creencia? La escuela de pensamiento dominante en psiquiatría ubica los orígenes de esas “creencias” en fallos en la química del cerebro, que tienen que ser corregidos con medicamentos; como es sabido, el psicoanálisis y el resto de las terapias infuenciadas por él buscan las raíces de la aflicción mental en el trasfondo familiar; mientras que las terapias cognitivas están menos interesadas en localizar el origen de las creencias negativas que en simplemente reemplazarlas por un conjunto de historias positivas. No se trata de que estos modelos sean enteramente falsos, sino de que le escapan –y deben escaparle– a la causa más probable de esos sentimientos de inferioridad: el poder social. La forma de poder social que más me afectó fue el poder de clase, aunque por supuesto el género, la raza y otras formas de opresión producen la misma sensación de inferioridad ontológica, expresada con exactitud en el pensamiento que articulé más arriba: yo no soy ese tipo de persona que desempeña roles destinados al grupo dominante. A instancias de uno de los lectores de mi libro Realismo capitalista, comencé a investigar la obra de David Smail. Smail –un terapeuta que plantea centralmente la cuestión del poder– confrmó las hipótesis sobre la depresión con las que me había tropezado. En su esencial libro The Origins of Unhappiness [Los orígenes de la infelicidad], Smail describe el modo en que las marcas de clase están diseñadas para ser indelebles. Para aquellos a los que desde la cuna se les enseña a pensarse a sí mismos como inferiores, la adquisición de califcaciones o riqueza raramente será sufciente para borrar –sea en sus mentes o en las mentes de los demás– la sensación primordial de inutilidad que los ha marcado desde su más temprana edad. Alguien que se mueve fuera de la esfera social que “se supone” debe ocupar siempre corre peligro de sufrir sentimientos de vértigo, pánico y horror: “Aislado, desconectado, rodeado por un espacio hostil, repentinamente te encuentras sin conexiones, sin estabilidad, sin nada a lo que aferrarte para mantenerte erguido o en tu lugar; una vertiginosa y nauseabunda no-realidad toma posesión de ti; te ves amenazado por una completa pérdida de identidad, una sensación de absoluta fraudulencia; no tienes ningún derecho a estar aquí, ahora, en este cuerpo, vestido de ese modo; eres una nada, y ser ‘nada’ es casi literalmente lo que sientes que será tu destino”. Desde hace algún tiempo, una de las tácticas más exitosas de la clase dominante ha sido la responsabilización. Cada uno de los miembros de la clase subordinada es empujado a creer que la pobreza, la falta de oportunidades o el desempleo son solo culpa suya, y de nadie más. Los individuos se culparán a sí mismos más que a las estructuras sociales, que igualmente han sido inducidos a creer que realmente no existen (solo son excusas, esgrimidas por los débiles). Lo que Smail llama “voluntarismo mágico” –la creencia de que está en poder de cada individuo la posibilidad de ser lo que quiera– es la ideología dominante y la religión no-ofcial de la sociedad capitalista contemporánea, impulsada por los “expertos” de los realities y los gurús corporativos así como también por los políticos. El voluntarismo mágico es tanto un efecto como una causa del histórico bajo nivel de conciencia de clase actual. Es la contracara de la depresión, cuya convicción subyacente es que somos los únicos responsables de nuestra propia miseria y que, por lo tanto, la merecemos. Una doble exigencia particularmente despiadada es impuesta hoy sobre los desempleados estructurales en el Reino Unido: a una población a la que durante toda su vida se le ha dado el mensaje de que es inútil, ahora se le dice que puede hacer cualquier cosa que desee. Debemos entender la resignada obediencia de la población del Reino Unido al mandato de austeridad como la consecuencia de una depresión deliberadamente cultivada. Esta depresión se manifesta en la aceptación de que las cosas empeorarán (para todos excepto para una pequeña elite), de que tenemos suerte por el mero hecho de tener un trabajo (así que no tenemos que esperar salarios que le sigan el paso a la infación), de que no podemos permitirnos la contención colectiva del Estado de bienestar. La depresión colectiva es el resultado del proyecto de resubordinación de la clase dirigente. Desde hace un tiempo, cada vez aceptamos más la idea de que no somos el tipo de personas que pueden actuar. No se trata de una falla de la voluntad, así como tampoco una persona deprimida puede simplemente “sentirse bien” y cambiar de actitud. La reconstrucción de la conciencia de clase es en efecto una tarea formidable, que no puede ser lograda a través de soluciones existentes; pero, a pesar de lo que nos dice nuestra depresión colectiva, puede ser puesta en marcha. Inventar nuevas formas de involucramiento político, revivir las instituciones que se han vuelto decadentes, convertir la desafección privatizada en ira politizada: todo esto puede hacerse, y una vez que ocurra, ¿quién sabe qué es posible?

domingo, 16 de marzo de 2025

El fango

Convertirse en fango. Dejar pasar el tiempo por llegar demasiado pronto al lugar que te prometiste. Asentir al interlocutor, absorta en el silencio de su mirada, como un charco que refleja el agua estancada de una alberca. Quisieras nadar en su iris, tan oscuro como las noches que ya sólo quedan en las profundidades de las sierras. Sientes un ahora viscoso y frío recubriéndote la piel como el metal de las cárceles. Porque parece que se ha hecho tarde para todo. Para decir algo nuevo, para sacudirte la suciedad acumulada, una segunda piel que nunca se muda. A pesar de que la lluvia no cese o un rayo te atraviese y te empape el alma de electricidad. La suciedad siempre impregna tus huesos como las cáscaras amargas a las naranjas atrasadas de marzo. Porque llegaste pronto al lugar que no existe y confundiste el deseo con la impaciencia. La vocación con el barro. La escultura con el cuerpo. Tu boca, llena de tierra, escupiendo una tristeza inmóvil. Tu voz, una densa arcilla, un presente sin arjé con el que se ha hecho demasiado tarde para pronunciar un lugar, para esculpir en arena el futuro que no deja de suceder.