domingo, 3 de mayo de 2026
Estoy llegando a la conclusión de que, conforme más años cumplo, peor escribo. Llevo meses pensándolo, no es una idea que haya brotado abruptamente en mi cabeza. He estado leyendo las primeras entradas de este blog y siento que, a pesar de que se percibe ese lenguaje algo impostado y grandilocuente de quien quiere escribir su juventud, el germen de las palabras estaba presente. Ahora tengo la perpetua sensación de que mi mente es un laberinto con una sintaxis reflexiva demasiado desorganizada. Una sintaxis mental tan compleja que se pierde en sus propias frases, las cuales dibujan un sendero que acaban en ninguna parte y cuyo callejón sólo te conduce a dar media vuelta. Vuelvo por donde he llegado, porque no era por aquí. Y divago con teorías filosóficas que hacen un rompecabezas de cosas que antes parecían más sencillas. Creía que cuando uno envejecía comenzaba a valorar lo esencial y dejarse de barroquismos especulativos. Creía que en algún momento, en el transcurso del tiempo, alguien me daría un mapa con el que mi territorio salvaje se tornaría en civilización. A lo mejor no soy suficientemente vieja todavía, o a lo mejor es una cuestión de momento vital y no de edad. Quizás estoy leyendo por encima de mis posibilidades y escuchando menos música de la que acostumbro y necesito (ése es el único demiurgo mental que conozco). Esta semana de primavera, con el tiempo tan cambiante acechándonos desde bien arriba, con un cielo a ratos gris y exánime; a otros henchido de una luz edénica, me desajusta y duplica. Doctor Jekyll y Mister Hyde. Frankenstein y sus fragmentos, mis remiendos. Un gorrión se ha posado en el cable del aire acondicionado del edificio de enfrente esta tarde. Ha descansado un rato, lo bastante para que lo observara y me sonriera. De chica siempre envidiaba la independencia urbana de los gorriones. Luego ha echado a volar y sólo quedaba por mirar la caja sucia del aire acondicionado.
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