La ternura es el verdor de la yema del jazmín. La vulnerabilidad violácea del pétalo blanco que espera brotar. Es esta ternura la fragilidad de su incertidumbre, que crece recia como el tronco del olivo y huele a soledad telúrica.
El calcio del hueso, un llanto salvaje, urdimbre y tierra seca. La sal en las mejillas como el fulgor del mar.
No hay paz en la ternura que cobijo, sólo un destello fulminante. Un abrazo innato en el fin del mundo. La incandescencia de su tacto.
No existe un cuerpo con mayor luz que el pecho que, al respirar, palpita y se estremece.
Porque con ternura ama, sufre y lucha al mismo tiempo.