Nel mezzo del cammin di nostra vita
mi ritrovai per una selva oscura,
ché la diritta via era smarrita.
Me enseñaron a amar un monstruo. A un aliento invisible que arrancaba, pétalo a pétalo, la alegría de las margaritas del suelo árido. Mientras, con sigilo, desconchaba la cal superviviente en las fachadas de las casas del pueblo. El blanco y la infancia se desmenuzaban al mismo tiempo sin conocerse.
Ahora, sin embargo, las creencias han muerto. Porque todos nuestros dioses nos han abandonado. El tiempo ha demolido sus estatuas frías de mármol. La verdad desarraigó mi fe.
Yo, con el viento de diciembre ululando desengaño, me tumbaré sobre sus cabezas decapitadas y mi peso ahogará su suerte. Aun con mi cuerpo manchado de sangre de cuna, abrazaré las ruinas que las bestias a las que quise creyeron legarte. Y construiré un presente justo. Acariciaré los surcos de quien, cada noche, dibujó grietas de dolor en tu frente. Defenderé la alegría como el espacio sagrado que quisieron robarte. Extirparé las raíces descompuestas de la estirpe. Plantaré, con lágrimas de entusiasmo vencido, las margaritas en las campiñas del sur que quisieron arrebatarte.Y gritaré con la rabia de generaciones silenciadas bajo las tumbas blancas. Gritaré hasta que retumbe el mármol sordo de sus lápidas.
Y lloraré hasta que mis ojos se sequen bajo esta luz ciega y sobre esta tierra resquebrajada, yerma, que nos vio nacer.
De pequeña disfrutaba de recolectar piedras que me encontraba en el campo, en el parque o en la playa. Comprobaba con sorpresa su tacto, textura, peso y brillo. Me asaltaba, de algún modo, una sensación sinestésica, como si el material rocoso transmitiera a través de su superficie porosa luces que crujen asustadas. En especial, recuerdo mi fascinación por el cuarzo incrustado en muchas rocas comunes. Un frio blanco resplandecía en una superficie lisa y brillante por la que los ojos se me resbalaban. Otras veces, las piedras albergaban tantas aristas que me sentía abrumada: nadie nos enseña a reconocer la complejidad formal de las cosas más pequeñas de nuestro mundo.
Pero sin duda, algo que me sucedía y que a día de hoy me continúa
invadiendo es el sentimiento de anhelo al acariciar una piedra con las yemas de
mis dedos. La sostengo en mis manos como un trozo de alma de un lugar desconocido,
el resultado de un tiempo indeterminado. Un cambio de rasante en el que se
intuye, pero nunca llegará a palparse, el otro lado de las cosas. Entonces, tiendo una
metáfora como puente entre la piedra y yo. Abrazo su testimonio, que no puedo
comprender. A pesar de que su historia
sea inalcanzable, mi deseo de significado es siempre más fuerte.
Supongo que las piedras son, ante todo, fragmentos de la
tierra.
Desde ayer, en un curso sobre Maggie Nelson y su obra Bluets,
se encendieron en mi mente impresiones sobre la escritura fragmentada. Se han
disparado en mi interior multitud de ideas sobre el concepto de fragmento que
necesito explorar. Las experimento como pulsiones que hablan sobre quién soy y el
espacio que ocupo. Me gustaría poder, en la medida de lo posible y a pesar de
la falta de tiempo, reflexionar sobre ellas para llegar a reconocerme a través
de las proposiciones que desprendan. Convertir las sombras de lo latente en
materia. Porque, como una vez escribí, dar nombre a las cosas es permitirles
nacer.