Fuera yo un trozo de tierra sin labrar, esa montaña sagrada, la Peña. El perfil estoico del Indio elevándose desde la ventana con solemnidad antigua. Las creencias de nuestros ancestros se difuminan desde un julio seco. Palpo en silencio las leyendas erosionadas entre las rocas. Siento una nostalgia áspera y bruta. No es nuestra estrella pulir las piedras que esos pueblos erigieron, sino contemplarlas como nómadas de este tiempo errante. Somos cuerpos que solo vinieron a escuchar, transitando un deseo. ¿A qué planeta pertenecerá esa cadencia, querencia, de nuestros cuerpos? Yo anhelo ser esa peña, pisar la tierra bajo un cielo sobre el que levantar la mirada, abrazar un horizonte que albergue la silueta de una montaña elegida. Y, al fin, respirar su sombra.
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