En la angustia de mi pecho
habita un camposanto.
Sus cruces trazan unos hondos surcos
que acarician mi frente.
Esta delgada muerte que rodea
los muros blancos de mi mente.
Esta cal manchada de cenizas,
esta antigua madera de quererte
que al atardecer recuerda
tan raída, tan transparente
a los olivos torcidos del monte Calvario.
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