jueves, 2 de agosto de 2012

I

Aún parece que no esté aquí. Sigo levantándome temprano de forma crónica, leyendo materias tan antagónicas como periódicos y poesía. Me tomo mi zumo de frutas tropicales con la pajita de plástico que viene anexa al cartón, como solía hacer en el recreo durante mis años de niña de primaria y disfruto igual que hacía en mi infancia de las galletas de crema de chocolate Príncipe. Brilla el sol fugazmente, de manera casi irreal por la ventana. Las gaviotas ya chillan furiosas. Son el alter ego de las palomas españolas. Apenas conozco la cara cultural de la ciudad. Hoy empezaré a indagar más en ella. Quizás puedan tacharme de aburrida por preferir mi placer egoísta de sentarme por la mañana a leer, escuchar música y pensar mientras desayuno antes que salir a beber cervezas hasta altas horas de la madrugada. Entre semana necesito paz matinal. He venido aquí a desintoxicarme de aires que  incrustan los pulmones de uno en su ambiente rutinario, que no tiene piedad con la asfixia y la falta de oxígeno vital de los seres humanos. Aquí el aire está impoluto para mí, limpio, virgen. Lo grisáceo está en el cielo, alto e imposible de tocar. Está ahí, cubriéndome sin mancharme, sin dañarme con prejuicios nacionales y exceso de confianza. Aquí me ve pero no me roza.  Piso Liverpool como un ave foránea, como una extraña intrometida inmune a la brutalidad de los lugares conocidos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario